Cuando cogimos el billete para Indonesia no sabíamos que veníamos en temporada baja.
Y temporada baja significa mucha lluvia y pocos turistas.
Lluvia nos ha caído un poco, sobre todo en la isla de Java, pero no nos ha impedido hacer nada. La lluvia nos persigue y respeta, así que solo llueve cuando ya hemos visto todo lo que queríamos ver.
Nos llovió al terminar de ver el cráter de un volcán en el Dieng Plateu, con su líquido burbujeante y su humo blanco. También nos llovió al salír del templo de Borobudur, patrimonio de la UNESCO y visita obligada para quien tenga unos días en Java.
Desde nuestra llegada a Yogyakarta (base para ver Borobudur y Pranbanan) nos acompañan María y Yubero, dos colegas de Cuenca que han venido a desquitarse por no haber podido venir a Tailandía.
Y a parte de ellos dos, pocos más turistas hemos visto en Indonesia. Se pueden contar con los dedos de una mano. Supongo que a la gente le asusta ir a un país en época de lluvias, por eso de que te puedes pasar las vacaciones metido en el hotel. Pero para nosotros está siendo una experiencia magnífica.
Tenemos todo a nuestra disposición, con los locales encantados de vernos. Nos saluda la gente por la calle.
Los monumentos aprovechan para visitarlos la gente de los pueblos y los niños de los coles, y ambos colectivos están encantados de hacerse tropecientas mil fotos con nosotros. Vamos a salír en los álbumes de fotos de la mitad de los 130 millones de habitantes de Java .
La gente es estupenda por aquí, con muchas ganas de echarnos una mano, y con cero ganas de sacarnos los cuartos. Un día, mientras dábamos un paseo vimos a mucha gente moviéndose en un parque y nos acercamos a echar un ojo. Resulta que era un bodorrio. De postín. Nos hicieron gestos para que nos acercáramos, y ¡ nos invitaron a la boda!
Aunque con un poco de vergüenza, entramos comímos un poco y sacamos unas cuantas fotos.
Luego comentábamos que seguro que era una boda de alguien importante, porque se notaba que había pasta.
El destino quería que viéramos como se casaba también la gente humilde, así que al día siguiente nos cruzamos con otra boda! Esta vez de gente normal y corriente. Con menos dinero pero con las mismás ganas de invitarnos a pasar… Y entramos, claro! Os pongo un par de fotos para que veáis las diferencias por vosotros mismos.
Con los novios de la última boda nos hicimos unas fotos, les dimos algo de espiga y Anita, que es genio y figura, hasta bailó en el baile subida al escenario!
Ahora estamos subidos en un barco de madera, muy chulo y amplio, con la pintura verde un poco saltada.
Ana está en una silla mirando al frente, a árboles verdes y amarillos, a lianas, y al ocasíonal bicho que aparece entre las ramás. María y Yubero están detrás, tumbados en una colchoneta sobre la cubierta.
Solo se oye el motor del barco y el ruido que hace la naturaleza a los lados. Nos hemos despertado hace un par de horas en cubierta, donde una red nos ha permitido dormir sin que nos comíeran vivos los mosquitos.
Estamos en Borneo, una de las islas con mayor proporción de selva tropical del mundo, y también casa de los orangutanes. Por Internet conseguimos contactar con Jenie, un guía freelance que nos ha organizado todo el tinglado para pasar tres días en la jungla, buscando orangutanes, monos narigudos, macacos, aves de todo tipo y, si tenemos suerte, algún cocodrilo o serpiente.
Ayer fuimos a uno de las tres plataformás de alimentación que los conservacionistas han montado para ayudar a los orangutanes a coger comída cuando no la encuentran en el bosque.
Son plataformás de madera donde una vez al día sueltan un montón de plátanos.
Hace años no hacían falta estas plataformás, porque los orangutanes podían encontrar fácilmente su comída, pero ahora entre las minas de oro, la deforestación, y la industria del aceite de palma, cada vez es más difícil mantener el equilibrio del ecosistema.
Esto es muy grande, así que no es cosa de un día, o un año, o diez años, pero según nos cuenta el guía, parece ser que cada vez va a peor.
Para los guardas del parque natural lo ideal es que cuando pongan la comída no acudan muchos orangutanes, porque eso significa que están a su bola y no necesitan comída extra. Pero los turistas que vienen por aquí (pocos, y menos en época de lluvias), agradecen que aparezca algún bicho para verlo y hacerse unas fotos.
Ayer vimos tres orangutanes, entre ellos una hembra (Becky) con su cría. Sí, ¡Becky!. Los guías que llevan viniendo años y años aquí se conocen a los orangutanes, y les ponen nombre. Dependiendo de como andan, como comen, el carácter que tienen, los rasgos faciales… saben quienes son. Así que cuando se mueve la maleza dicen : mira, ahí viene Becky, o Lucy, o quien sea.
En cada plataforma van a alimentarse ocasíonalmente entre 100 y 300 orangutanes, así que tiene mérito identificarlos a todos.
En el próximo post os cuento como ha acabado esto de los orangutanes, y qué tal nos va en las próximás plataformás. Miedico me da cuando veamos un macho!